Más allá del gobierno de turno, de la situación económica o de la etapa laboral en la que se encuentre una persona, existe una sensación que parece repetirse cada vez con más frecuencia entre los trabajadores chilenos: el descontento.
Si bien se trata de un fenómeno presente en distintos países, en Chile ha adquirido características particulares. La sensación de estar haciendo más por menos, de enfrentar mayores exigencias y de recibir cada vez menos reconocimiento parece haberse convertido en parte de la rutina laboral de miles de personas.
Desde aproximadamente 2019, se ha venido dando un fenómeno a nivel laboral en el que el trabajador se siente agotado, descartado, explotado y menospreciado, entre otras cosas. Y, para rematar, muchas veces debe hacer el trabajo de los demás.
Más allá de la reducción de la jornada laboral, que para abril de 2028 tendrá un máximo de 40 horas semanales, el trabajador promedio sigue sintiendo una gran carga laboral. En muchos casos, debe asumir funciones que perfectamente podrían corresponder a dos o incluso tres personas. Todo esto, por lo general, con un sueldo bajo y una exigencia permanente.
Y no, no son inventos. Cientos de testimonios en distintas redes sociales así lo corroboran. Además, un estudio realizado en 2025 por la consultora Vertical Hunter concluyó que un 70,3 % de los trabajadores en Chile no está conforme con su situación laboral actual.
Asimismo, basta con revisar algunas ofertas de empleo para apreciar la gran cantidad de tareas exigidas. En muchos casos, esas funciones deberían ser realizadas por dos o tres personas, o bien corresponder a dos o tres cargos distintos.
Piden entre dos y cinco años de experiencia laboral. Además, el candidato debe ser joven, tener poca experiencia o, en su defecto, ser recién egresado. Sin embargo, esperan un perfil propio de alguien con al menos diez años de trayectoria en el área o de una persona que, en muy poco tiempo, haya acumulado una experiencia extraordinaria.
Sin olvidar que buscan perfiles aptos para Silicon Valley, que los empleados se pongan la camiseta, que trabajen con sus propios equipos o herramientas, entre otras exigencias, todo ello acompañado de sueldos que muchas veces están lejos de compensar las responsabilidades asumidas. Y cuando la remuneración es digna, entonces debes tener una vasta experiencia, hacerlo todo a la perfección y conocer hasta el último proceso.
Parte de esta insatisfacción también podría explicarse por una combinación de factores que se han ido acumulando durante los últimos años: una economía menos dinámica, una mayor competencia por los puestos de trabajo, empresas que buscan reducir costos y una cultura laboral que todavía suele valorar más la disponibilidad permanente que los resultados obtenidos.
El temor constante de un empleado a equivocarse o a hacer enojar al jefe de turno, o a cualquier cliente, tampoco contribuye a mejorar el ambiente laboral ni su rendimiento. No solo existe la preocupación de perder la pega por una falta grave o una causa de peso real, sino también por el estado de ánimo de un jefe o de un cliente a quienes poco les importa si un tercero pierde su sustento mensual.
Cuando el trabajador siente que es fácilmente reemplazable, que debe estar permanentemente demostrando su valor y que cualquier error puede costarle su fuente de ingresos, difícilmente desarrollará un sentido de pertenencia con la empresa. Mucho menos compromiso genuino.
En vista de lo expuesto, mientras algunos empresarios sigan sin dar su brazo a torcer, las jefaturas continúen sin dar el ancho ni preocuparse realmente por sus trabajadores y la empatía siga brillando por su ausencia desde los mandos medios hacia arriba, no cabe duda de que la insatisfacción laboral podría aumentar.
Porque ningún trabajador espera un empleo perfecto. Lo que sí espera es recibir un trato justo, una remuneración acorde a sus responsabilidades y la tranquilidad de poder desempeñar sus funciones sin sentir que está constantemente al borde del reemplazo.
Mientras esa realidad siga pareciendo una aspiración más que una norma, el problema difícilmente desaparecerá. Y la creciente insatisfacción laboral continuará siendo uno de los síntomas más evidentes de una relación entre empleadores y trabajadores que, para muchos, hace tiempo dejó de funcionar como debería.

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